viernes, 12 de octubre de 2007

S

Todo ángel es un demonio(R. M. Rilke)
Sólo el retrovisor devuelve tu mirada(Andreas Klein)

El carro arremete con tal furia que cuesta creerlo. María sonríe mientras embiste una y otra vez a la mujer que cruza por la esquina. Acelera y golpea con el parachoques de su camioneta los admirados muslos de Eva. Retrocede haciendo gemir la caja. Frena en seco con un chirrido. Violenta la palanca de cambios. Arranca picando cauchos. Se estrella de nuevo contra Eva, ahora en posición de gimnasta accidentada. María cree escuchar, más allá del bramido del motor, el crujir de unos huesos hechos trizas, el latigazo de unos tendones fragmentándose, el estertor ahogado por la sangre que brota sorprendida —densa y oscura, viscosa y caliente como los vaporosos efluvios del sexo— de las roturas de la mujer que yace para siempre sobre la acera.

"Amor salvaje, corazón frío, no eres de nadie, tan sólo mío". La radio escupe la melodía que —a todo volumen— rebota contra los vidrios ahumados de la camioneta. María huye despavorida por la autopista, enfiebrada por un calor de mil demonios que la consume, a pesar del aire acondicionado funcionando a máxima potencia.

—¿Que hiciste qué?— Pregunta Panci alarmada por la noticia que le da su amiga, celular mediante, quemándole el pabellón de la oreja.

—Coño, chica, que la aplasté como a una cucaracha, la atropellé con la camioneta y le pasé por encima, la volví mierda...— Vocifera María fuera de sí, mientras sigue manejando sin rumbo determinado.

—Pero bueno, amiga, te me terminaste de volver loca, carajo, qué bolas, déjame prender un cigarro, déjame sentarme, déjame coger aire que me muero...

—No jodas, Panci, cómo iba yo a permitir que "esa" insignificante tuviera algo con Miguelángel.

—¡Sí, está bien, pero una cosa es llamarla por teléfono e insultarla, decirle puta, amenazarla con una coñaza, mentarle la madre, rayarle el carro, echarle liga de freno, como tantas veces hemos hecho con las amiguitas de turno de Miguelángel y Gerardo, pero otra vaina es matarla a plena luz del día y delante de todo el mundo, María!

—Yo lo sé, pero no me importa, me ladillé, me harté, se me volaron los tapones y pum, lo hice. Ya está, chao pescao, púdrete sobre la acera y huele a mierda, Eva maldita, mujercita miserable y patética. —Los sollozos no la dejan seguir hablando. María comienza a pegar lastimeros alaridos de animal herido en la propia herida, con el dedo hurgando cruelmente en la llaga abierta.

—Ay, no te me pongas así, Mariíta, que se te nota muy mal y a mí no me gusta nada cuando tú te me desesperas. Inventas vainas muy raras que hasta yo misma me cago del susto. Anda, dime donde estás y yo me lanzo para allá volando y nos tomamos una vaina y nos fumamos unos cigarros y nos aclaramos y vemos qué carajo hacemos. Tú sabes que yo tengo una prima que es tronco de abogado penalista y Leonardo, mi psicólogo, no sé, puede decir que tú te volviste loca por un ratico y, no sé, ya todo se arreglará, tú vas a ver, María, María, ¡ María!

María, simplemente, no puede dejar de gemir y llorar como siempre tuvo ganas de hacerlo, para poder botar toda esa arrechera y amargura y resignación mal llevada que carga por dentro. Las lágrimas casi no la dejan ver, así que se pasa violentamente dos canales de la autopista, parándose en el angosto montículo que marca una bifurcación hacia un camino secundario. La voz de Panci sigue desesperándose en el celular. María lo recoje del piso y le alcanza a decir "adiós, amiga", lo apaga, baja la ventana, siente el vaporón que viene de afuera y lo arroja con fuerza.

Con los ojos brotados y enrojecidos, pero sin lágrimas, María rueda por una vía accidentada y desconocida, sin cruzarse con ningún otro carro. Va subiendo y bajando, alternativamente, por un camino de tierra. Se ha orinado encima y tiene sed, pero no piensa detenerse. Ya dejó de asomarse al retrovisor buscando eventuales perseguidores. Gasolina tiene, mas de medio tanque, y a ella le gusta manejar que jode sin que nadie le esté dando instrucciones, que sí "¡ cuidado con el hueco, no te pegues, frena, acelera, coño, María, déjame manejar a mí o no vamos a ninguna parte!

Sin celular ni compañía, María se pone a hablar en voz alta consigo misma. El radio hace mucho que dejó de sonar y la verdad es que reconforta oír una voz, cualquier voz, así sea el sonido de su propia voz, con un timbre peculiar e inflexiones cantarinas que resultan agradables.

—No jodas, cómo iba yo a dejar que nadie venga a joder doce años de matrimonio, cuatro hijos varones igualiticos a él —se le nublan los ojos y hace pucheros— apartamento propio y toda la vida por delante...

Dicho esto, María clava los frenos y la camioneta levanta un tierrero impresionante. La victimaria vuelve a derrumbarse abrazada al volante, sollozando como un acordeón desvencijado que ya ni siquiera puede retener el aire. Se arrepiente de haber botado el celular.

—Yo lo que tengo es un frío del carajo. Déjame apagar el aire, abrir las ventanas y fumar. Fumar es un placer, tatín, fatal. Fumando espero al hijoputa que yo quiero, plim, plim, fruta prohibida, ahora estás podrida, ja, ja, con los gusanos comiéndote las manos y con las moscas queriendo vomitar, plim, plam.

—Muerta la perra... ¡se acaba la rabia! Si Miguelángel hasta le había alquilado un apartamento y yo tenía la dirección: Aparthotel El Cid, piso cinco, suite cinco—cero—seis. Ay, pero es que si yo los hubiera sorprendido juntos, desnudos, en la cama, los mato. No, a mi Miguelángel no. A él lo amarro y lo amordazo para que vea y sufra y vea sufrir a su perrita. ¿A ella? A ella la mato despacito para que grite y se joda y el cabrón de mi esposo se cague del susto y del asco, porque ese es un cagón y un delicado y un mariconazo de primera. Mucho pelo en el pecho y mucha voz grave y mucho whisky pasando por su garganta, pero pura bulla, mucho vello y pura bulla.— María se atraganta con un acceso de risa. Un caudal de carcajadas riquísimas que la liberan aún más profundamente que el mar de lágrimas que le desparramó el rimel por sus mejillas.

—Qué de pinga es cagarse de la risa de las tragedias de una misma. Y es que si los hubiera agarrado tirando juntos, como animales en celo, yo la habría matado a ella, again and again, arrancándole las uñas con mis dientes, sacándole los ojos con mis uñas, quebrándole los dientes con mis tacones, cortándole los pezones con mis tiijeras, metiéndole mi brazo izquierdo entre las piernas para estrangularle el cuello del útero, amarrarle las trompas de falopio y vaciarle la matriz.— María gesticula con tanto énfasis que se le dificulta mantenerse dentro de los límites de la carretera cada vez más angosta.

—Y me voy a orinar sobre su tumba. Y hasta el mismísimo infierno le va a llegar el olor de mi sexo. Un olor que ella conoce, porque cuando se lo chupaba a mi marido, Eva estaba tragándose el sabor de mi sexo lleno de la saliva y el semen de Miguelángel, mojado de Miguelángel, hediondo de Miguelángel, desvirgada de MIguelángel, quesuda de Miguelángel, podrida de Miguelángel, mucho antes y primero que ella. Ella, Eva, ella, Eva. Su nombre me retumba en los oídos y no sé si nombrándola me libro de ella, como una catarsis, como un exorcismo, como terapia de grupo conmigo y conmigo. El grito primario: Evaaaaaaaa. Evaaaaaaaaa. Estás muerta y destripada, muerta y enterrada, muerta y vuelta mierda. Ahora mismo te estás pudriendo. Los gusanos están soñando contigo, con tu carne todavía tibia y todavía tersa.

—Porque, coño, chica, Eva, colega, con tantos hombres en el mundo, ¿por qué tuviste que antojarte del mío propio, Eva? Si Miguelángel es mi ángel, mi dios del amor y mi demonio. El tipo que me desvirgó con su serpiente, mi animal favorito, mi jinete. Mira, chica, y te digo que si tengo que matarlo a él también lo hago. Lo acuchillo en el cuello para que se ahogue en su propia sangre, con el miedo que él le tiene a asfixiarse. Porque él es mío, Eva, a ver si lo entiendes. Tu no fuiste más que otra aventurita, mijita. Que te montó un apartamento, dios sabe hasta cuando te hubiera durado. En un par de meses ya se habría aburrido de ti, como lo hizo con tantas otras. Y, mira, volviéndolo a pensar en frío, a él también lo habría matado. Total, Miguelángel tiene un tronco de seguro de vida que cubriría los gastos de mis niños hasta que pudieran valerse por su cuenta.

—El es mío. El es mío. El es mío. Yo lo escogí hace doce años y le dí sus cuatro hijos varones igualiticos a él y engorde y vomité y me deformé y me salió celulitis y se me cayeron las tetas y las cesáreas me dejaron cicatrices y ya no me desea como antes, ni me hace el amor como antes, ni me hace sentir como antes, ni logro excitarlo como antes, ni bailamos como antes, ni hablamos como antes, ni nos reímos como antes, ni compartimos como antes y ya no vivimos como antes. Eva, mujer, ¿acaso tú sabes lo triste que es sentir todas estas vainas?

—Por eso, chica, es que no me arrepiento de nada. Me caga, me asusta y sé que ya no hay marcha atrás y que tú sólo fuiste una pequeña victimita, una circunstancia. Pero lo haría otra vez, sí, lo haría una y otra vez para acabar con todas esas Evas ladronas de Adán, saqueadoras de hogares, destructoras de matrimonios, hembras con hambre de compañía, parásitos sexuales que se aferran a penes ajenos prometiéndoles, con ese escote tan abierto, nuevas sensaciones; con ese par de pupilas dilatadas, nuevas emociones y con esa actitud de admiración generalizada: nuevos oídos —tuyitos, papi, tuyitos— para sus viejos cuentos de siempre; nuevas sonrisas para sus viejos chistes repetidos; nuevas cavidades para sus añejos espermatozoides extenuados.

—Nada personal, tu entiendes, Eva, pero todo lo que ustedes hacen, Eva, es tragar, succionar, provocar y llenarse de eyaculaciones que nos pertenecen, de hecho y derecho, a nosotras sus mujeres legítimas, hembras oficiales, las propias de carne y hueso, de verdad—verdaíta, con la fuerza de la costumbre, con papeles.

—Nosotras, coño, nosotras, que respiramos sus flatulencias a medianoche y nos desayunamos con su mal aliento en las mañanas. Nosotras, burras, putas, perras domesticadas, enfermeras, asesoras, vientres, madres, receptáculos, parturientas, sirvientas ad—honorem, comemierdas summa cum laude. Asesinas solapadas. Vengadoras en potencia. Víctimas y verdugos que matamos los sueños y las ganas de nuestros machos.

—Nosotras, Eva, ¿me escuchas?, que adormilamos al cazador, al cavernícola, al guerrero. Con nuestras pláticas, nuestras súplicas, nuestros reclamos, nuestras miserias y mezquindades, nuestras inoportunas menstruaciones, nuestros dolores de cabeza, nuestras exigencias y aspiraciones, nuestra incomprensión hacia su grandeza.

—Y es que no nos decidimos a entender que nuestra debilidad los empuja a ellos a engañarnos, traicionarnos, humillarnos, reírse a costa nuestra. Porque nosotras, las mujeres, antropófagas por naturaleza, nos atacamos entre nosotras mismas, aniquilándonos ante los ojos divertidos de los varones.

Tras apagarse un atardecer esplendoroso, color naranja—fucsia, de esos que se ven solamente en el cine, María enciende las luces de la camioneta para no serpentear tanto por la vía rural que atraviesa, encontrándose, ahora sí, con camioncitos de doble tracción, cargados de legumbres y hortalizas fresquísimas, desbordantes en sus guacales. Los lugareños se le quedan viendo con extrañeza, preguntándose qué se le habrá perdido a esa catira en ese carrote, allá tan lejos.

—Y yo, lo reconozco, toqué fondo, pasé todos los límites, llegué a los extremos. Estoy en un camino sin retorno, de esos con luces rojas y señales de peligro que te advierten que, si sigues, es cosa tuya, vas por tu cuenta y riesgo.

—Pero qué reconfortante fue oír el crujido de tus huesos, Eva, quebrándose entre el parachoques cromado de mi camioneta y la acera. Crracccckkk. No hay vuelta atrás, ciudadana. Y yo que te decía: evita a Miguelángel, Eva, evita a Miguelángel, Eva, evita a Miguelángel, Eva. Y tú que no me hacías caso, tú que te reías de mis amenazas, tú que no me tomabas en serio ni me creías.

—Ahora debo escapar. Esconderme. Desaparecer. Volverme otra...

—Ya no me llamaré María, sino Airam, Maira, Armaí, Irama, Maraí. Como si alterar las letras de mi nombre, cuando lo hacía jugando Scrable, me permitiese rehuir. De Miguelángel. De la cárcel. De los ojos incrédulos de mis hijos.

—Empezaré por cambiarme desde fuera, para engañarme a mí misma. Modificaré mi peinado. Cambiaré el color de mi pelo. Alteraré mis facciones con un maquillaje bien marcado que disfrace mis rasgos, creándome una máscara que oculte mi miedo. Vestiré ropa sin marca. Me confundiré entre tantas otras, anónima, ajena. Caminando rápido, con pasos cortos, silenciando mi voz, bajando la mirada, desapareciendo, transparentándome, haciéndome invisible a los demás, pero reconociéndome yo misma en el espejo.

—Y persistiré, a pesar de todo. Sin Miguelángel. Sin la tortura de su desprecio. Sin su desamor. Sin su indiferencia. Sin el abrazo de mis niños. Sin las voces amigas. Esta será mi remisión y mi condena. Por culpa de esta herida abierta entre las piernas.

—Yo, María, armada con mi desesperación y mi certeza: Miguelángel, nunca, volverá a engañarme con Eva.

—Yo, María, desterrada del paraíso. Yo, Irama, sin Adán. Yo, Maraí, sin manzana. Yo, Maira, sin dios que me tiente. Yo, Airam, sin existencia propia. Yo, Armaí, ahora serpienteeeeee

Un cuento de la venezolana Edith Márquez Mora

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