En el árbol cuelgan cientos de calzones: rojos, amarillos, celestes, rosados, negros, con encajes, bordados, cortos, largos. Nadie sabe cómo han ido a parar allí, pero cada cierto tiempo aparecen colgados en el árbol mecidos suavemente por la brisa de la mañana.
Las discusiones del matrimonio traspasaban las paredes. “Es que él era un hombre muy celoso”, recuerda una vecina, “siempre se escuchaban sus discusiones, gritos y llantos por toda la población”, rememora.
La mujer salía un par de días a la semana y esa situación molestaba al marido. Ella exigía sus derechos: “Me canso de las labores de la casa: lavar, planchar, hacer la comida, el aseo. Tengo derecho a salir”, decía, mientras se quitaba el exceso de rouge con un trocito de papel.
Para el hombre la situación era insoportable, de tal suerte que cuando su mujer regresaba al hogar con gran escándalo la desvestía y le sacaba los calzones y luego, meticulosamente, los olía en busca de pruebas, de la infidelidad, del olor ajeno. Pero los calzones emanaban el olor de ella. “¿Por qué tiene que ser todo tan aburrido y monótono?”, pensaba ella tendida sobre la cama mientras el hombre forcejeaba hasta quitarle la prenda de la discordia.
Antes de llegar a su casa la mujer se arrimaba al árbol, se sacaba su calzón, lo lanzaba al ramaje y luego se colocaba uno limpio.
Antes de dormir, satisfecha, suspiraba; él roncaba.
Con el tiempo el árbol de los calzones se transformó en un lugar de veneración para las mujeres del barrio. Cuando tenían problemas se quitaban el calzón, se colocaban de espalda al árbol, hacían la consulta y con los ojos cerrados lo lanzaban hacia él. Según donde quedase se podía interpretar su significado. Luego, antes de dormir, soñaban.
Por Pedro Guillermo Jara
sábado 29 de septiembre de 2007
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1 comentarios:
holas
linda la historia me gusto mucho
espero que te encuentres bien
un kiss
se me cuida
chauu
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