viernes 12 de octubre de 2007

S

Todo ángel es un demonio(R. M. Rilke)
Sólo el retrovisor devuelve tu mirada(Andreas Klein)

El carro arremete con tal furia que cuesta creerlo. María sonríe mientras embiste una y otra vez a la mujer que cruza por la esquina. Acelera y golpea con el parachoques de su camioneta los admirados muslos de Eva. Retrocede haciendo gemir la caja. Frena en seco con un chirrido. Violenta la palanca de cambios. Arranca picando cauchos. Se estrella de nuevo contra Eva, ahora en posición de gimnasta accidentada. María cree escuchar, más allá del bramido del motor, el crujir de unos huesos hechos trizas, el latigazo de unos tendones fragmentándose, el estertor ahogado por la sangre que brota sorprendida —densa y oscura, viscosa y caliente como los vaporosos efluvios del sexo— de las roturas de la mujer que yace para siempre sobre la acera.

"Amor salvaje, corazón frío, no eres de nadie, tan sólo mío". La radio escupe la melodía que —a todo volumen— rebota contra los vidrios ahumados de la camioneta. María huye despavorida por la autopista, enfiebrada por un calor de mil demonios que la consume, a pesar del aire acondicionado funcionando a máxima potencia.

—¿Que hiciste qué?— Pregunta Panci alarmada por la noticia que le da su amiga, celular mediante, quemándole el pabellón de la oreja.

—Coño, chica, que la aplasté como a una cucaracha, la atropellé con la camioneta y le pasé por encima, la volví mierda...— Vocifera María fuera de sí, mientras sigue manejando sin rumbo determinado.

—Pero bueno, amiga, te me terminaste de volver loca, carajo, qué bolas, déjame prender un cigarro, déjame sentarme, déjame coger aire que me muero...

—No jodas, Panci, cómo iba yo a permitir que "esa" insignificante tuviera algo con Miguelángel.

—¡Sí, está bien, pero una cosa es llamarla por teléfono e insultarla, decirle puta, amenazarla con una coñaza, mentarle la madre, rayarle el carro, echarle liga de freno, como tantas veces hemos hecho con las amiguitas de turno de Miguelángel y Gerardo, pero otra vaina es matarla a plena luz del día y delante de todo el mundo, María!

—Yo lo sé, pero no me importa, me ladillé, me harté, se me volaron los tapones y pum, lo hice. Ya está, chao pescao, púdrete sobre la acera y huele a mierda, Eva maldita, mujercita miserable y patética. —Los sollozos no la dejan seguir hablando. María comienza a pegar lastimeros alaridos de animal herido en la propia herida, con el dedo hurgando cruelmente en la llaga abierta.

—Ay, no te me pongas así, Mariíta, que se te nota muy mal y a mí no me gusta nada cuando tú te me desesperas. Inventas vainas muy raras que hasta yo misma me cago del susto. Anda, dime donde estás y yo me lanzo para allá volando y nos tomamos una vaina y nos fumamos unos cigarros y nos aclaramos y vemos qué carajo hacemos. Tú sabes que yo tengo una prima que es tronco de abogado penalista y Leonardo, mi psicólogo, no sé, puede decir que tú te volviste loca por un ratico y, no sé, ya todo se arreglará, tú vas a ver, María, María, ¡ María!

María, simplemente, no puede dejar de gemir y llorar como siempre tuvo ganas de hacerlo, para poder botar toda esa arrechera y amargura y resignación mal llevada que carga por dentro. Las lágrimas casi no la dejan ver, así que se pasa violentamente dos canales de la autopista, parándose en el angosto montículo que marca una bifurcación hacia un camino secundario. La voz de Panci sigue desesperándose en el celular. María lo recoje del piso y le alcanza a decir "adiós, amiga", lo apaga, baja la ventana, siente el vaporón que viene de afuera y lo arroja con fuerza.

Con los ojos brotados y enrojecidos, pero sin lágrimas, María rueda por una vía accidentada y desconocida, sin cruzarse con ningún otro carro. Va subiendo y bajando, alternativamente, por un camino de tierra. Se ha orinado encima y tiene sed, pero no piensa detenerse. Ya dejó de asomarse al retrovisor buscando eventuales perseguidores. Gasolina tiene, mas de medio tanque, y a ella le gusta manejar que jode sin que nadie le esté dando instrucciones, que sí "¡ cuidado con el hueco, no te pegues, frena, acelera, coño, María, déjame manejar a mí o no vamos a ninguna parte!

Sin celular ni compañía, María se pone a hablar en voz alta consigo misma. El radio hace mucho que dejó de sonar y la verdad es que reconforta oír una voz, cualquier voz, así sea el sonido de su propia voz, con un timbre peculiar e inflexiones cantarinas que resultan agradables.

—No jodas, cómo iba yo a dejar que nadie venga a joder doce años de matrimonio, cuatro hijos varones igualiticos a él —se le nublan los ojos y hace pucheros— apartamento propio y toda la vida por delante...

Dicho esto, María clava los frenos y la camioneta levanta un tierrero impresionante. La victimaria vuelve a derrumbarse abrazada al volante, sollozando como un acordeón desvencijado que ya ni siquiera puede retener el aire. Se arrepiente de haber botado el celular.

—Yo lo que tengo es un frío del carajo. Déjame apagar el aire, abrir las ventanas y fumar. Fumar es un placer, tatín, fatal. Fumando espero al hijoputa que yo quiero, plim, plim, fruta prohibida, ahora estás podrida, ja, ja, con los gusanos comiéndote las manos y con las moscas queriendo vomitar, plim, plam.

—Muerta la perra... ¡se acaba la rabia! Si Miguelángel hasta le había alquilado un apartamento y yo tenía la dirección: Aparthotel El Cid, piso cinco, suite cinco—cero—seis. Ay, pero es que si yo los hubiera sorprendido juntos, desnudos, en la cama, los mato. No, a mi Miguelángel no. A él lo amarro y lo amordazo para que vea y sufra y vea sufrir a su perrita. ¿A ella? A ella la mato despacito para que grite y se joda y el cabrón de mi esposo se cague del susto y del asco, porque ese es un cagón y un delicado y un mariconazo de primera. Mucho pelo en el pecho y mucha voz grave y mucho whisky pasando por su garganta, pero pura bulla, mucho vello y pura bulla.— María se atraganta con un acceso de risa. Un caudal de carcajadas riquísimas que la liberan aún más profundamente que el mar de lágrimas que le desparramó el rimel por sus mejillas.

—Qué de pinga es cagarse de la risa de las tragedias de una misma. Y es que si los hubiera agarrado tirando juntos, como animales en celo, yo la habría matado a ella, again and again, arrancándole las uñas con mis dientes, sacándole los ojos con mis uñas, quebrándole los dientes con mis tacones, cortándole los pezones con mis tiijeras, metiéndole mi brazo izquierdo entre las piernas para estrangularle el cuello del útero, amarrarle las trompas de falopio y vaciarle la matriz.— María gesticula con tanto énfasis que se le dificulta mantenerse dentro de los límites de la carretera cada vez más angosta.

—Y me voy a orinar sobre su tumba. Y hasta el mismísimo infierno le va a llegar el olor de mi sexo. Un olor que ella conoce, porque cuando se lo chupaba a mi marido, Eva estaba tragándose el sabor de mi sexo lleno de la saliva y el semen de Miguelángel, mojado de Miguelángel, hediondo de Miguelángel, desvirgada de MIguelángel, quesuda de Miguelángel, podrida de Miguelángel, mucho antes y primero que ella. Ella, Eva, ella, Eva. Su nombre me retumba en los oídos y no sé si nombrándola me libro de ella, como una catarsis, como un exorcismo, como terapia de grupo conmigo y conmigo. El grito primario: Evaaaaaaaa. Evaaaaaaaaa. Estás muerta y destripada, muerta y enterrada, muerta y vuelta mierda. Ahora mismo te estás pudriendo. Los gusanos están soñando contigo, con tu carne todavía tibia y todavía tersa.

—Porque, coño, chica, Eva, colega, con tantos hombres en el mundo, ¿por qué tuviste que antojarte del mío propio, Eva? Si Miguelángel es mi ángel, mi dios del amor y mi demonio. El tipo que me desvirgó con su serpiente, mi animal favorito, mi jinete. Mira, chica, y te digo que si tengo que matarlo a él también lo hago. Lo acuchillo en el cuello para que se ahogue en su propia sangre, con el miedo que él le tiene a asfixiarse. Porque él es mío, Eva, a ver si lo entiendes. Tu no fuiste más que otra aventurita, mijita. Que te montó un apartamento, dios sabe hasta cuando te hubiera durado. En un par de meses ya se habría aburrido de ti, como lo hizo con tantas otras. Y, mira, volviéndolo a pensar en frío, a él también lo habría matado. Total, Miguelángel tiene un tronco de seguro de vida que cubriría los gastos de mis niños hasta que pudieran valerse por su cuenta.

—El es mío. El es mío. El es mío. Yo lo escogí hace doce años y le dí sus cuatro hijos varones igualiticos a él y engorde y vomité y me deformé y me salió celulitis y se me cayeron las tetas y las cesáreas me dejaron cicatrices y ya no me desea como antes, ni me hace el amor como antes, ni me hace sentir como antes, ni logro excitarlo como antes, ni bailamos como antes, ni hablamos como antes, ni nos reímos como antes, ni compartimos como antes y ya no vivimos como antes. Eva, mujer, ¿acaso tú sabes lo triste que es sentir todas estas vainas?

—Por eso, chica, es que no me arrepiento de nada. Me caga, me asusta y sé que ya no hay marcha atrás y que tú sólo fuiste una pequeña victimita, una circunstancia. Pero lo haría otra vez, sí, lo haría una y otra vez para acabar con todas esas Evas ladronas de Adán, saqueadoras de hogares, destructoras de matrimonios, hembras con hambre de compañía, parásitos sexuales que se aferran a penes ajenos prometiéndoles, con ese escote tan abierto, nuevas sensaciones; con ese par de pupilas dilatadas, nuevas emociones y con esa actitud de admiración generalizada: nuevos oídos —tuyitos, papi, tuyitos— para sus viejos cuentos de siempre; nuevas sonrisas para sus viejos chistes repetidos; nuevas cavidades para sus añejos espermatozoides extenuados.

—Nada personal, tu entiendes, Eva, pero todo lo que ustedes hacen, Eva, es tragar, succionar, provocar y llenarse de eyaculaciones que nos pertenecen, de hecho y derecho, a nosotras sus mujeres legítimas, hembras oficiales, las propias de carne y hueso, de verdad—verdaíta, con la fuerza de la costumbre, con papeles.

—Nosotras, coño, nosotras, que respiramos sus flatulencias a medianoche y nos desayunamos con su mal aliento en las mañanas. Nosotras, burras, putas, perras domesticadas, enfermeras, asesoras, vientres, madres, receptáculos, parturientas, sirvientas ad—honorem, comemierdas summa cum laude. Asesinas solapadas. Vengadoras en potencia. Víctimas y verdugos que matamos los sueños y las ganas de nuestros machos.

—Nosotras, Eva, ¿me escuchas?, que adormilamos al cazador, al cavernícola, al guerrero. Con nuestras pláticas, nuestras súplicas, nuestros reclamos, nuestras miserias y mezquindades, nuestras inoportunas menstruaciones, nuestros dolores de cabeza, nuestras exigencias y aspiraciones, nuestra incomprensión hacia su grandeza.

—Y es que no nos decidimos a entender que nuestra debilidad los empuja a ellos a engañarnos, traicionarnos, humillarnos, reírse a costa nuestra. Porque nosotras, las mujeres, antropófagas por naturaleza, nos atacamos entre nosotras mismas, aniquilándonos ante los ojos divertidos de los varones.

Tras apagarse un atardecer esplendoroso, color naranja—fucsia, de esos que se ven solamente en el cine, María enciende las luces de la camioneta para no serpentear tanto por la vía rural que atraviesa, encontrándose, ahora sí, con camioncitos de doble tracción, cargados de legumbres y hortalizas fresquísimas, desbordantes en sus guacales. Los lugareños se le quedan viendo con extrañeza, preguntándose qué se le habrá perdido a esa catira en ese carrote, allá tan lejos.

—Y yo, lo reconozco, toqué fondo, pasé todos los límites, llegué a los extremos. Estoy en un camino sin retorno, de esos con luces rojas y señales de peligro que te advierten que, si sigues, es cosa tuya, vas por tu cuenta y riesgo.

—Pero qué reconfortante fue oír el crujido de tus huesos, Eva, quebrándose entre el parachoques cromado de mi camioneta y la acera. Crracccckkk. No hay vuelta atrás, ciudadana. Y yo que te decía: evita a Miguelángel, Eva, evita a Miguelángel, Eva, evita a Miguelángel, Eva. Y tú que no me hacías caso, tú que te reías de mis amenazas, tú que no me tomabas en serio ni me creías.

—Ahora debo escapar. Esconderme. Desaparecer. Volverme otra...

—Ya no me llamaré María, sino Airam, Maira, Armaí, Irama, Maraí. Como si alterar las letras de mi nombre, cuando lo hacía jugando Scrable, me permitiese rehuir. De Miguelángel. De la cárcel. De los ojos incrédulos de mis hijos.

—Empezaré por cambiarme desde fuera, para engañarme a mí misma. Modificaré mi peinado. Cambiaré el color de mi pelo. Alteraré mis facciones con un maquillaje bien marcado que disfrace mis rasgos, creándome una máscara que oculte mi miedo. Vestiré ropa sin marca. Me confundiré entre tantas otras, anónima, ajena. Caminando rápido, con pasos cortos, silenciando mi voz, bajando la mirada, desapareciendo, transparentándome, haciéndome invisible a los demás, pero reconociéndome yo misma en el espejo.

—Y persistiré, a pesar de todo. Sin Miguelángel. Sin la tortura de su desprecio. Sin su desamor. Sin su indiferencia. Sin el abrazo de mis niños. Sin las voces amigas. Esta será mi remisión y mi condena. Por culpa de esta herida abierta entre las piernas.

—Yo, María, armada con mi desesperación y mi certeza: Miguelángel, nunca, volverá a engañarme con Eva.

—Yo, María, desterrada del paraíso. Yo, Irama, sin Adán. Yo, Maraí, sin manzana. Yo, Maira, sin dios que me tiente. Yo, Airam, sin existencia propia. Yo, Armaí, ahora serpienteeeeee

Un cuento de la venezolana Edith Márquez Mora

miércoles 3 de octubre de 2007

Fugaz

Es de noche. Manuel, 23 años, esta sentado en el anden del metro esperando que el tren pase. Lleva un largo rato sentado en la estación “Manuel Montt”. Está solo. Manuel tiene una carpeta verde entre sus manos y encime de esta su celular. El tiempo pasa y Manuel sigue solo en la estación. De pronto el joven escucha ruidos, son los tacos de una mujer que hacen ruido al pisar los escalones que la llevan hacia el solitario andén. Manuel mira mientras la mujer camina por el anden del metro, ella camina en dirección a él, para su andar y se desabrocha el abrigo que lleva puesto, vuelve a caminar en la misma dirección unos pasos hasta que se detiene a unos metros de Manuel. El la vuelve a mirar y esta vez la mujer se percata del hecho, como consecuencia de esto ella le devuelve la mirada tímidamente. Ella se quita el abrigo, lo pone en el piso y se sienta sobre este. Manuel concentra su mirada en las piernas de la bella mujer que quedaron al descubierto tras sacarse el largo abrigo negro que llevaba puesto.

La muchacha una vez sentada coge su bolso del suelo, lo abre y de el saca un celular, lo prende y comienza a escribir un mensaje de texto: “Pablo, lamento lo del jueves. Fue mi error y lo admito. Solo espero que me perdones alguna vez, Ale.” Tras terminar de escribir el mensaje Alejandra vuelve a meter el celular a su bolso y saca de este un espejo y un rouge. La mujer abre el rouge y mirándose en el espejo pinta sus labios con el rojo lápiz, lo esparce por su boca y guarda los implementos denuevo en su bolso. La mujer mira a Manuel, pero el no se percata. Algo produce un ruido, es el celular de Alejandra que vibra en el interior de su cartera, ella lo busca y toma el aparato, se prepara para contestar cuando vemos que en la pantalla del aparato dice: “Pablo Llamando” Alejandra corta de inmediato la llamada, pero el celular vuelve a vibrar y vemos la misma inscripción en la pantalla. La joven corta nuevamente.

Manuel sigue como hipnotizado con las piernas de Alejandra. La mira tan bien que se fija en cada detalle de su ropa. Ella lleva puesta una blusa roja con botones negros, una falda negra hasta la rodilla y unas medias oscuras. Tiene el pelo tomado con una cola, el colet que lleva es de color rosado, en su cuello un pañuelo rojo que combina muy bien con su clara piel. En sus manos un anillo de plata con una piedra roja y las uñas al mismo tono. Sus zapatos son negros y con taco, unas botas. Manuel queda totalmente seducido con la bella y delgada mujer que esta cómodamente sentada a unos cuantos metros de él. Manuel mira atentamente todo lo que Alejandra hace con su celular sin preocuparse de que ella lo descubra, en ese momento no le importa nada, su intención es clara; simplemente mirar sin tener en cuenta si la joven se da cuenta o no, si le molesta su aguda observación o si simplemente le da igual.

Alejandra evita por tercera vez contestar los llamados de Pablo, a pesar de que ella le corta las llamadas él vuelve a insistir. En un minuto se pone de pie y comienza a caminar por el andén de un lado a otro, en una oportunidad se detiene justo frente a Manuel, ella lo mira detenidamente hasta que Manuel levanta su cabeza. Ahí Alejandra lo mira a los ojos, fijamente esta vez la seguridad la invadía ya no era una mirada tímida como la primera vez, él también la mira a los ojos. Se quedan así un par de segundos, solo mirándose a los ojos. Ella le sonríe sin quitar su mirada de los cafés ojos de Manuel y él hace lo mismo. Alejandra se acerca un paso hacia Manuel, él se pone de rodillas, ella vuelve a avanzar otro paso, Manuel se para y por un minuto ambos quedan inmóviles. Ese momento es interrumpido por el sonido que hace el celular de Alejandra al vibrar en su bolso. Ella mira a Manuel, después mira su bolso. Repite lo mismo un par de veces. Se decide y camina hasta donde están sus cosas, se agacha y saca el celular del bolso, mira la pantalla y se encuentra con un mensaje nuevo, ella lo abre y lee atentamente: “No te entiendo. No me llames más. No te quiero ver nunca más en mi vida. Pablo”
La cara de Alejandra cambia bruscamente, lo que antes era una sonrisa ahora es una cara quieta, con una expresión dura y seria, todo esto acompañado de unos ojos vidriosos.

Manuel, quien miró atento todo este acontecimiento, se acerca a Alejandra y libremente la abraza, ella acepta y abraza fuertemente a Manuel. Es un abrazo largo e intenso. Ella lo deja y él acata. Manuel recoge el abrigo del piso y se lo pone a Alejandra. Ella cae de rodillas al suelo y larga su llanto. El joven busca un papel en su mochila y mientras eso pasa se escucha a lo lejos el sonido del tren del metro, él se apura y escribe algo en ese papel mientras el tren llega a la estación, abre sus puertas y se escucha la voz del chofer decir: “Señores pasajeros, estación Manuel Montt” . Manuel le entrega el papel a Alejandra, la besa en los labios y corre para subirse al vagón el cual parte segundos después de que el joven se sube.
Alejandra abre el papel que le entrego Manuel entre lagrimas “A veces la vida nos da golpes para recibir después algo mucho más profundo. Manuel. 09-2253695” ella lo guarda en uno de los bolsillos de su abrigo. Se para, recoge su cartera del piso, camina hasta las escaleras del anden, sube tres peldaños y de pronto se detiene, da vuelta a atrás, baja los escalones, saca el papel antes guardado en su bolso y con una picara sonrisa en su rostro lo bota a un basurero. Después de esto, se seca las lágrimas de la cara con la mano, se vuelve a pintar los labios y sube las largas escaleras produciendo el mismo sonido que minutos antes cautivo a Manuel.

domingo 30 de septiembre de 2007

Calamares en su tinta

Cuando comenzamos a sentir un zumbidito como ultrasonido que nos volvía locos y nuestros oídos parecían estallar en millones de fragmentos y trastabillábamos y comenzábamos a vomitar y a enceguecernos con esa luz enorme que se iba transformando en llamarada, en infierno, en hedor a muerte, a despojo y ya no nos veíamos por la humareda densa, acre, con olor a vísceras, a pura desolación y caos,
a lágrimas que parían de ojos que se diluían en humor vítreo y se desintegraban en córneas, cristalinos, miradas que no eran más que imaginación y en las galeras y en los sótanos de los barcos atronaban alaridos/bramidos de bestia original en cautiverio, ALGUIEN alcanzó a preguntarse qué más daba haber sido cigoto o clonoto y ¡qué urdimbre de prejuicios! - pues ambos habían sido realidad -; qué más dio haber nacido de la fusión de óvulo y espermio; del amor o la barbarie; de la incisión certera en la médula ósea o en el cordón umbilical de H o M; de haber sido aprobado o recluido en la Isla de los Indocumentados; qué más daría de quién heredaste el color de tu pelo y tu piel, tu idioma, tu patria acotada y agotada; qué más da entonces, si ya no eres NADA, si ya no somos; si ni siquiera tenemos miedo y el silencio va creando una nueva luz donde NADIE cabe porque no hay NADIE, ni persona humana ni diploide, ni disputa de la palabra HUMANIDAD ni narración ni narradores y los libros NADIE los escribirá, NADIE los leerá porque el Gran Cuento Final ya ha sido escrito.


Por Sonia Cienfuegos

sábado 29 de septiembre de 2007

El árbol de los calzones

En el árbol cuelgan cientos de calzones: rojos, amarillos, celestes, rosados, negros, con encajes, bordados, cortos, largos. Nadie sabe cómo han ido a parar allí, pero cada cierto tiempo aparecen colgados en el árbol mecidos suavemente por la brisa de la mañana.
Las discusiones del matrimonio traspasaban las paredes. “Es que él era un hombre muy celoso”, recuerda una vecina, “siempre se escuchaban sus discusiones, gritos y llantos por toda la población”, rememora.
La mujer salía un par de días a la semana y esa situación molestaba al marido. Ella exigía sus derechos: “Me canso de las labores de la casa: lavar, planchar, hacer la comida, el aseo. Tengo derecho a salir”, decía, mientras se quitaba el exceso de rouge con un trocito de papel.
Para el hombre la situación era insoportable, de tal suerte que cuando su mujer regresaba al hogar con gran escándalo la desvestía y le sacaba los calzones y luego, meticulosamente, los olía en busca de pruebas, de la infidelidad, del olor ajeno. Pero los calzones emanaban el olor de ella. “¿Por qué tiene que ser todo tan aburrido y monótono?”, pensaba ella tendida sobre la cama mientras el hombre forcejeaba hasta quitarle la prenda de la discordia.
Antes de llegar a su casa la mujer se arrimaba al árbol, se sacaba su calzón, lo lanzaba al ramaje y luego se colocaba uno limpio.
Antes de dormir, satisfecha, suspiraba; él roncaba.
Con el tiempo el árbol de los calzones se transformó en un lugar de veneración para las mujeres del barrio. Cuando tenían problemas se quitaban el calzón, se colocaban de espalda al árbol, hacían la consulta y con los ojos cerrados lo lanzaban hacia él. Según donde quedase se podía interpretar su significado. Luego, antes de dormir, soñaban.

Por Pedro Guillermo Jara

lunes 17 de septiembre de 2007

Te confieso

Siempre que voy al supermercado paso por el pasillo de las carnes, no compro nada, sólo paso para verlo a él. Se llama Pablo, trabaja alli hace dos años, es casado, vive a tres cuadras de la casa de mi hermana, tiene tres hijos; dos mujeres y un hombre, va tres veces a la semana a ese supermercado; Lunes, Jueves y Domingos, los demas dias trabaja en la competencia pero sus jefes no lo saben ellos creen que vive fuera de santiago y que no puede venir el resto de la semana a trabajar, tiene 38 años, moreno, alto, pelo negro y corto, delgado, manos firmes. Cada vez que voy le pido medio kilo de filete, se lo pido trozado, espero que lo saque del mostrador, que lo troze, mientras lo hace hago como que me suena el celular e invento que me equivoque y que no es nescesario que lleve la carne, él me mira y me sonrie, ya me conoce y sabe que cada Jueves voy a venir a pedirle medio kilo de filete que no voy a comprar. Me fascina su sonrisa. Cuando llego a mi casa sueño con que Pablo, el hombre de la carniceria me sonrie.
Bueno, la verdad doctor, es que cada Jueves mi marido llega con una bolsa plastica que trae medio kilo de filete trozado a la casa.

sábado 15 de septiembre de 2007

El cuaderno rojo

Era el primer cuaderno entero para él solo de toda su vida: tamaño cuartilla, cuadriculado, de tapas duras y rojas, lleno de hojas vírgenes para llenar de garabatos, retratos de papá, de mamá y el hermanito, y los primeros ensayos de palabras. A Pablo le hizo muchísima ilusión. Tanto que a mamá le dio no sé qué el abrirlo y saborear las señales y símbolos de la vida interior de Pablo. El día que mamá, como quien comete un robo (o al menos así se sentía) entró al cuarto de Pablo, abrió el cuaderno y leyó davi muetro y tato malo sintió un sudor frío, corrió al ritmo de su corazón a la cuna, en su dormitorio, pero cuando llegó, Pablo, con la almohada aún entre las manos, ya había dejado de apretar.

Por Diego Lezaun

viernes 14 de septiembre de 2007

Alguien

Maria corre por el pasillo de su casa, necesita contestar ese llamado, ella sabe quien llama sin embargo una sensación extraña la recorre ...
- Aló
- Por favor no me sigas llamando, entiende de una vez!
- Omar! no cuelgues, nesecito hablar contigo, es urgente ... Es verdad lo que te dije la ultima vez, estoy embarazada ... Omar?

Cuelga el teléfono, sabe que lo que acaba de confesarle a Omar no sirvio de nada, que tendrá que seguir llamandolo a su celular día tras día. Omar siempre le hacia lo mismo, la llamaba y le cortaba. Es la quinta vez que le devuelve el llamado en un mes, al parecer Omar despues de todo sigue queriendo escuchar la voz de Maria ...

Mirame

- Donde estoy?
- Maria, mira! la mujer despertó y me esta hablando
- Donde estoy?
- Tranquila señorita no se mueva mucho, la ambulancia ya viene en camino
- La ambulancia? .. Qué paso?

Renata miraba al hombre que le hablaba mientras en su mente algunos recuerdos comenzaron a aflorar ....

- Renata, estoy cansado. Te agradeceria tanto si te callaras un momento!
- No me voy a callar!! Y sabes que si hay alguien cansada aqui esa soy yo, tú me tienes cansada Rodrigo
- Dejate de hacer escandalo
- Escandalo? Te parece que decirte la verdad es hacer un escandalo?
- Tu haces escandalo por todo
- Te odio!!!
- Me da igual. Y dejate de hablar que me desconcentras
- Para el auto! .... Rodrigo, parame el auto!!
- No
- Parame el auto!!!! Yo no voy a seguir aqui contigo, me da lo mismo si tengo que caminar toda la noche pero yo me bajo de este auto ahora!
- Quieres que terminemos con esto de una buena vez? Quieres que te deje en paz?

En ese momento Rodrigo pisó fuertemente el acelerador del auto y cambio la dirección bruscamente, se dirigian a un barranco ...

- Me esta escuchando?
- Que paso con la persona que iba conmigo?
- Tratamos de sacarlo del auto pero no pudimos, parece que el caballero fallecio